La huelga general del 30 de abril, lanzada en stereo desde Smata y la sede de la CTA de los Trabajadores, empieza a construir consenso en el variopinto arco gremial vernáculo. Ya sumó las adhesiones del Frente Sindical para el Modelo Nacional, de las regionales de la CGT, de las tres vertientes de la CTA, de la Confederación Nacional de Cooperativas, de las organizaciones sociales encabezadas por el triunvirato de San Cayetano y del sindicalismo clasista.

Claro que la imagen de los paros, más allá de lo que ocurrirá en el interior del país, la dará la primera mañana de esa jornada en el corazón de la Ciudad de Buenos Aires. Ahí se medirá si el ritmo proteño está virtualmente paralizado, menguado o si la huelga será una demostración de debilidad de aquellos que la dispusieron.

Está claro que la CGT no se sumará a la protesta, mucho menos como actor de reparto en una historia que protagonizarán otros, y que la Confederación de gremios del transporte no tiene ninguna intención de ser parte de esa huelga. De hecho el anuncio del virtual paro del sector en los feriados tenía un mensaje cifrado a dos bandas: al Gobierno por cambios en Ganancias, un ítem de descuento en los haberes que no dejó de crecer entre los transportistas en los más de 3 años de gestión Cambiemos; y a Moyano haciéndole saber que no serían eje de la confluencia que estaba construyendo.

Desde el corazón de Camioneros esperan contar con, al menos, cuatro armas claves para hacer sentir la huelga y conseguir un paro general contundente por primera vez en un par de décadas sin la chapa de la CGT. Y todos ellos hacen eje en el transporte.

Por un lado aspiran a detener por completo el transporte aéreo. En Smata coincidieron el líder de los aeronavegantes Juan Pablo Brey, hombre del círculo más chico del clan Moyano y el titular de los pilotos Pablo Biró. Sumados a ellos adhirieron a la medida de fuerza los controladores aéreos enrolados ATE y los aeronáuticos agremiados en APA. Esa base imposibilitaría las actividades en el sector el 30 de abril.

Además los Metrodelegados, integrantes de la CTA de los Trabajadores, se encargarán de paralizar la red de subterráneos y aspiran a que algunas comisiones internas dificulten la circulación de los colectivos (esto último sería casi marginal ya que la UTA mantiene el control casi total de la zona metropolitana).

La apuesta más fuerte de los organizadores es a detener la red ferroviaria y para eso tienden redes y diseñan un plan que pueda esquivar a los gremios mayoritarios. Sin el aval de La Fraternidad, ni de la Unión Ferroviaria, está claro que «Pollo» Sobrero sólo lograría entorpecer el funcionamiento del Sarmiento. Por ello ya especulan con una potencial adhesión del personal jerárquico (muy probable) y del pequeño, pero trascendente, gremio de señaleros (hoy en duda y tironeado). Si lograran sumar a ambos podrían paralizar los trenes, al menos varias horas por la mañana para amplificar la foto de las terminales desiertas.

Por último buscarán avanzar sobre territorio portuario. Allí pondrán sus fichas en la adhesión de los marineros del SOMU y, fundamentalmente, en el moyanista Roberto Coria. El objetivo es detener la cadena de trabajo y dejar la actividad semi paralizada.

De conseguir estos cuatro objetivos, el armado sindical opositor logrará un huelga contundente, con fuertes réplicas en el interior del país, que romperá con la histórica hegemonía del paro general detentada por la CGT.

Cualquier sea el resultado del paro, adicionalmente, será una señal del reacomodamiento de fuerzas interno, un test de la centralidad de Moyano en el mundo sindical, un mensaje para la conducción de Azopardo y una evaluación de la potencia actual de la estratégica Confederación de Trabajadores del Transporte.

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